El arco iris
El arco iris A pesar de todo, seguía queriéndola, siempre, siempre la quería. Se sentía profundamente desolado, como un niño, indefenso. Como un niño dependía de su madre, su vida dependía de Anna. Will lo sabía, y sabía que a duras penas podía evitarlo.
Sin embargo, tenía que ser capaz de estar solo. Tenía que ser capaz de acostarse al lado del vacío, dejarse llevar. Tenía que ser capaz de abandonarse a la corriente y hundirse o vivir, lo que fuera. Y es que por fin reconoció sus limitaciones, y la limitación de sus fuerzas. Tenía que ceder.
Se instalaron en una especie de sosiego, de languidez. Al menos la mitad de la guerra había concluido. Anna a veces lloraba, con el corazón encogido. Aun así, en todo momento sentía la calidez de la vida en su vientre.
Volvieron a ser amigos, amigos nuevos, aplacados. Pero la languidez no los abandonaba. Volvieron a dormir en la misma cama, muy tranquilos y separados, no juntos como antes. Y Anna al principio quiso recuperar la intimidad con su marido. Pero él estaba muy callado, no quería intimidad. Aunque en su fuero interno estaba contento, de momento no estaba vivo.