El arco iris
El arco iris A veces, Anna se acercaba a su marido con una luz extraña en la mirada, penetrante, patética, como si suplicara algo. Will la miraba y no entendía. Le parecía bellísima, una visión, y tenía la sensación de que de su pecho emanaran rayos de luz para su mujer, como un fulgor. Existía para ella, todo para ella. Anna lo abrazaba y lo besaba en el pecho, lo besaba, se arrodillaba delante de él, casi con devoción, la mujer que esperaba la hora de dar a luz. Y Will se quedaba quieto, contemplando su pecho, hasta que lo veía como si no le perteneciera, como si lo hubiera dejado allí tendido. De todos modos, al mismo tiempo era consciente de su propio ser, y se veía hermoso y radiante con los besos de Anna. Estaba contento, sentía un dolor luminoso y raro, mientras ella se arrodillaba y le besaba el pecho, absorta en un movimiento lento, casi con devoción.
Will sabía que Anna quería algo, y su corazón tenía muchas ganas de dárselo. Su corazón la anhelaba. Y, cuando ella levantaba la cabeza, radiante y sonrosada como una nubecilla, el corazón de Will seguía anhelándola, y ahora, desde muy lejos, la adoraba. La presencia de Anna era igual que una flor que él adoraba desde lejos, como un extraño.