El arco iris
El arco iris ¡Qué orgullosa estaba Anna, qué adorable y hermoso era su cuerpo joven! Y le encantaba que Will posara la mano en la plenitud de su vientre maduro, para que también se estremeciera al sentir la agitación y el movimiento. Will se asustaba y se quedaba callado, pero Anna le echaba los brazos al cuello con impúdica y orgullosa alegría.
Empezaron los dolores y, ay, ¡cómo gritaba Anna! Quería que Will se quedara a su lado. Y, cuando cesaban los gritos, Anna miraba a su marido con los ojos llenos de lágrimas, sonriendo entre sollozos.
–No pasa nada –decía.
Fue bastante duro. Pero no llegó a ser insoportable para ella. Incluso en la violencia del dolor, desgarrador, encontraba felicidad. Aunque se desgañitaba y estaba sufriendo, se sentía curiosamente viva y llena de fuerza. Se sentía tan intensamente viva y en manos de una fuerza vital tan poderosa que su sentimiento más profundo era de dicha. Sabía que estaba venciendo, venciendo, siempre venciendo, con cada nueva etapa del dolor se acercaba un poco más a la victoria.
Es probable que Will lo pasara peor que ella. No estaba impresionado ni horrorizado, pero sí atornillado al banco del sufrimiento.