El arco iris
El arco iris Will rondaba a Anna a todas horas, incapaz de olvidar por completo la incertidumbre difusa y acechante que parecía desafiarlo y que él se negaba a escuchar. Un estremecimiento de temor, casi de culpa, o de insuficiencia, se apoderaba de él cuando oía a su mujer hablar con su hija. Anna estaba delante de la ventana, con la niña de un mes en los brazos, y hablaba con un tierno soniquete musical que él no había oído hasta entonces y que resonaba en su corazón como una llamada lejana, como la voz de otro mundo que lo reclamaba. Se acercaba a ella, escuchaba, y su corazón se levantaba como una ola, se levantaba y se sometía. Después se acobardaba y se distanciaba. Se quedaba paralizado, se resistía, como si no pudiera negarse a sí mismo. Tenía que ser él mismo a toda costa.
–Mira qué tontas esas gorritas azules, preciosa mía –canturreaba Anna, asomando a la niñita a la ventana, donde brillaba el jardín blanco y los herrerillos resbalaban en la nieve–: Mira qué tontas esas gorritas azules, vida mía, ¡peleándose con la nieve! Míralas, pajarito: cómo esparcen la nieve con las alas y cómo mueven la cabeza. ¿Verdad que son muy malas? ¡Son muy malas! Mira sus plumas amarillas en la nieve, ¡ahí! ¿Verdad que las echarán de menos cuando tengan frío?