El arco iris
El arco iris Anna pronto empezó a estar segura de su marido. Conocía su rostro enigmático y la magnitud de su pasión. Conocía su cuerpo esbelto y vigoroso, decía que le pertenecía. Entonces, nada podía negarla. Era una mujer rica que disfrutaba de su riqueza.
Y pronto volvió a quedar embarazada. Esto la colmó de satisfacción y se llevó su descontento. Se olvidó de que había contemplado el ascenso y el curso del sol, espléndido viajero en su camino implacable. Se olvidó de que la luna se había asomado por una ventana de la noche oscura y alta, asintiendo, con un gesto de reconocimiento, indicando que la siguiera. La luna y el sol jamás interrumpían su viaje, pasaban de largo, dejando atrás a la mujer rica que disfrutaba de sus riquezas. También ella se marcharía. Pero no podía irse cuando la llamaran: ahora tenía que quedarse en casa. Renunciaba, sin lamentarlo, a la aventura de lo desconocido. Estaba criando a sus hijos.
Había otro hijo en camino, y Anna estaba sumida en un estado de difusa alegría. Aunque no fuera la caminante que sale en busca de lo desconocido, aunque hubiera llegado a su destino y estuviera instalada en su casa terminada, como una mujer rica, con las puertas todavía abiertas bajo el pórtico del arco iris, con su umbral reflejado en el paso del sol y de la luna, esos dos grandes viajeros, en su casa resonaba el eco del viaje.