El arco iris
El arco iris Tres años más tarde, se recibió en la granja Marsh la noticia de que el barón se había casado con una inglesa joven y de buena familia. Y los Brangwen se quedaron atónitos. Poco después llegó un ejemplar de La historia de la parroquia de Briswell, escrita por Rudolph, barón Skrebensky, vicario de Briswell. Era un libro singular, incoherente, que desenterraba hechos muy interesantes. Estaba dedicado a: «Mi esposa, Millicent Maud Pearse, en quien abrazo el generoso espíritu de Inglaterra».
–Si lo único que abraza es el espíritu de Inglaterra –señaló Tom Brangwen–, me parece a mí que el panorama no es nada bueno.
Sin embargo, cuando acompañó a su mujer en una visita formal, Brangwen conoció a la nueva baronesa, una joven ladina, muy menuda, con la piel cremosa, el pelo castaño rojizo y una boca de la que uno no podía apartar la mirada, porque se curvaba continuamente en una carcajada incomprensible y singular, dejando al descubierto unos dientes saltones. Aunque no era guapa, Tom Brangwen se prendó de ella nada más verla. Parecía acurrucada como un gatito en su propio calor, pero era al mismo tiempo irónica y escurridiza, lo que daba cuenta del buen acero de sus garras.