El arco iris
El arco iris Subieron la cuesta a buen paso, Will impaciente como el peregrino que por fin llega al santuario. Cuando se acercaron al recinto, con el castillo a un lado y la catedral al otro, le ardieron las venas, se sintió transportado.
Ya habían cruzado las verjas, y el pórtico occidental se desplegaba ante ellos en todo su esplendor ornamental.
–Es un falso pórtico –explicó Will, contemplando la piedra dorada y las torres gemelas, que le producían la misma fascinación. Con leve éxtasis se encontró en el pórtico, en el umbral de lo desconocido. Levantó la mirada a la exquisita revelación de la piedra. Se disponía a entrar en el útero perfecto.
Empujó entonces la puerta, y la grandiosa penumbra, salpicada de pilares, se reveló ante sus ojos, y su alma se estremeció y se elevó de su nido. Dando un salto, su alma echó a volar por la majestuosa iglesia. Su cuerpo estaba inmóvil, absorto en las alturas. Dando un salto, su alma se adentró en la penumbra, en la posesión, titubeó, se dio a la fuga, tembló en el útero, en el silencio y la penumbra de la fecundidad, como la simiente de la procreación en éxtasis.