El arco iris
El arco iris De casa de los Skrebensky fueron a visitar la catedral de Lincoln, que Will tanto adoraba y que no estaba lejos. Él le había prometido que visitarían todas las catedrales de Inglaterra, una por una. Empezaron por la de Lincoln, que Will conocía bien.
Will empezó a emocionarse a medida que se acercaba el momento de ponerse en camino. ¿Qué le hacía cambiar tanto? En contraste con la impresión que le habían causado los Skrebensky, Anna estaba casi enfadada. Pero Will iba a lo suyo. Parecía que las puertas de su pecho se abrieran a la espera de la gran catedral que presidía la ciudad. Su espíritu se adelantaba.
Al avistar la catedral a lo lejos, azul oscura, alta y vigilante en el cielo, a Will le dio un vuelco el corazón. Era una señal de los cielos, era el espíritu que sobrevolaba la tierra como una paloma, como un águila. Miró a su mujer, extasiado y radiante, con la boca abierta en una extraña mueca de éxtasis.
–Ahí la tienes –dijo.
Lo dijo de una manera que molestó a Anna. ¿Ahí la tienes? ¿Qué tenía la catedral, grande, antigua, anticuada, para emocionarlo tanto? Anna empezó a ponerse en guardia.