El arco iris
El arco iris Aquí, en la catedral, el «antes» y el «después» se fundían en uno, la unicidad lo contenía todo. Will Brangwen había alcanzado su consumación. La había alcanzado atravesando las puertas del útero, apartando las alas del útero y adentrándose en la luz. La había alcanzado a través de la luz del día y de la sucesión de los días, de la sucesión del conocimiento y la sucesión de la experiencia, rememorando la oscuridad del útero, presintiendo la oscuridad que sucede a la muerte. Y por momentos había abierto las puertas de la catedral de par en par y entrado en el crepúsculo de ambas oscuridades, en la quietud del doble silencio, donde el amanecer era el ocaso, y comienzo y fin eran una misma cosa.
Aquí la piedra saltaba de la llanura de la tierra, cada uno de sus saltos encerraba un deseo múltiple y concentrado, alejado de la tierra horizontal, atravesaba el crepúsculo y el ocaso y pasaba por todas las modalidades del deseo: a través del cambio de rumbo, la desviación ¡ah! al éxtasis, el contacto, al encuentro y la consumación, al encuentro y el abrazo, el abrazo íntimo, la neutralidad, la perfección y el vértigo de la consumación, el éxtasis atemporal. Allí descansó su alma, en el vértice del arco, abrazada al éxtasis atemporal, consumada.