El arco iris

El arco iris

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Y no existían ni el tiempo ni la vida ni la muerte, no existía nada más que esta consumación atemporal en la que el empuje de la tierra se encontraba con el empuje de la tierra y el arco se sostenía en la clave de bóveda del éxtasis. Esto era todo, esto eran todas las cosas. Por fin Will tomó conciencia del mundo inferior. Una vez más se recompuso, en tránsito, con todos sus surtidores en tensión y saltando, saltando limpiamente a la oscuridad superior, a la fecundidad y el misterio único, al contacto, al abrazo, a la consumación, al clímax de la eternidad, al vértice del arco.

También Anna estaba sobrecogida, pero más callada que en sintonía con el ambiente. La fascinaba como un mundo que no llegaba a pertenecerle, la molestaban la transfiguración y el éxtasis de su marido. La pasión que Will sentía por la catedral impresionó a Anna en un primer momento, después la enfureció. A fin de cuentas, el cielo estaba fuera, mientras que aquí, en esta casi noche misteriosa, cuando el alma de Will se elevaba con las columnas, no daba un salto a las estrellas y el espacio oscuro y cristalino sino al encuentro y el abrazo con el impulso de piedra que salta, en la penumbra y los secretos de los techos. El abrazo y el apareamiento de los arcos en las alturas, el salto y el empuje de la piedra, componían una inmensa bóveda que impresionaba y silenciaba a Anna.


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