El arco iris
El arco iris Sin embargo… Sin embargo, recordó que el cielo abierto no era una bóveda azul ni una cúpula oscura suspendida en el aire, con un sinfín de lámparas centelleantes, sino un espacio en el que las estrellas giraban en libertad, libres por encima del mundo y cada vez más altas.
La catedral también despertó algo en Anna. Pero ella nunca se dejaría atrapar por aquel inmenso tejido de piedra impulsada hasta crear una bóveda inmensa que la encerraba, y más allá de esta bóveda no había nada, nada: era el último límite. Esto era lo que agradaba al espíritu de Will: aquí, aquí está todo, completo, eterno: movimiento, encuentro, éxtasis, sin la ilusión del tiempo, del tránsito del día y de la noche, nada más que un espacio de perfectas proporciones, abrazo y renovación, y pasión que se alza en grandes olas hasta el altar, la repetición del éxtasis.