El arco iris
El arco iris También el alma de Anna se vio impulsada hacia el altar, el umbral de la eternidad, con reverencia y temor y alegría. Sin embargo, ella se rezagaba en el tránsito, desconfiaba de la culminación del altar. No estaba dispuesta a dejarse lanzar a las alturas del vuelo apasionado y terminar arrojada en los peldaños del altar como en la orilla de lo desconocido. Había en la catedral una verdad y un gozo inmensos. Pero incluso en el desconcierto y el vértigo de la catedral, Anna reclamaba otro derecho. El altar estaba desnudo, sus luces apagadas. Dios ya no ardía en aquella zarza. Lo que había allí era materia muerta. Anna reclamaba el derecho a una libertad superior, más elevada que la bóveda. Tenía en todo momento la sensación de estar bajo techo.