El arco iris
El arco iris Así, se fijaba en los detalles, y esto la salvó de lanzarse de cabeza a la corriente de pasión que se adentra de un salto en lo Infinito formando una masa gigantesca, victoriosa e impulsada por su propio curso. Quería salir de aquel movimiento, de aquel salto y aquel avance constantes, y alzar el vuelo como un pájaro desde el mar, con las patas mojadas y entumecidas, elevarse como eleva el pecho un pájaro para impulsarse y dejar atrás el latido y el empuje de un mar que lo arrastra a una conclusión no deseada, alejarse, como un pájaro con las alas desplegadas y, en el espacio abierto, donde está la claridad, alzarse por encima del movimiento sobrecargado y estable, como una mota de polvo suspendida en el aire que revolotea de un lado a otro, observando y respondiendo antes de caer de nuevo, una vez ha elegido o encontrado el rumbo que le permitirá seguir adelante.
Y tuvo la sensación de que necesitaba aferrarse a algo, que sus alas eran demasiado frágiles para elevarse y contrarrestar la fuerza de aquel movimiento. Así, reparó en las caras malignas talladas en la piedra y se detuvo a contemplarlas.