El arco iris

El arco iris

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Los rostros ladinos asomaban entre la grandiosa marea de la catedral como quien guarda un secreto. Sabían muy bien estos diablillos que llevaban la contraria a la ilusión humana, que la catedral no era absoluta. Hacían guiños y lanzaban miradas lascivas, insinuando la cantidad de cosas que no tenían cabida en el fabuloso concepto de la iglesia. «Aunque veas aquí muchas cosas, hay un montón que no han incluido», se mofaban los duendes.

Ajenas a la elevación y la fuerza del gran impulso hacia el altar, estas caras tenían voluntad propia, movimiento propio, un conocimiento propio que desafiaba el flujo de la corriente, y se burlaban, victoriosas, de su propia pequeñez.

–¡Mira! –exclamó Anna–. ¡Mira qué caritas tan adorables! Mira ésta.

Will miró de mala gana. Aquélla era la voz de la serpiente en su Edén. Anna señaló una cara regordeta, ladina y maliciosa, tallada en la piedra.

–El hombre que la talló la conocía bien –señaló Anna–. Estoy segura de que era su mujer.

–No es una mujer, es un hombre –contestó Will, cortante.

–¿Tú crees?… ¡No! No es un hombre. Eso no es una cara de hombre.


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