El arco iris
El arco iris Anna se había liberado de la catedral, incluso había destruido la pasión de su marido. Se alegraba. Will estaba furioso. Por más que lo intentaba, la catedral había perdido todo su encanto para él. Estaba decepcionado. Lo que había sido su absoluto, lo que encerraba la totalidad del cielo y de la tierra, se había vuelto lo mismo que era para su mujer, un montón de materia muerta, modelada… pero muerta, muerta.
Will tenía la boca llena de ceniza y el alma de ira. Odió a Anna por haber destruido una más de sus ilusiones vitales. Pronto se vería privado de todo, sin nada en lo que apoyarse, sin una creencia en la que descansar.
Sin embargo, algo dentro de él respondía ahora al rostro sibilino con mayor profundidad de la que antes había respondido a la exaltación perfecta de su catedral.
Aun así, sentía una desolación y un abandono inmensos, y lo sacaba de quicio que Anna lo despojara de sus amadas realidades. Necesitaba su catedral, necesitaba satisfacer su ciega pasión. Y ya no podía. Algo se había interpuesto.