El arco iris
El arco iris Volvieron a casa, alterados los dos. Anna sentía en cierto modo un respeto nuevo por las aspiraciones de su marido, mientras que Will sabía que sus catedrales nunca volverían a ser lo mismo para él. Hasta ese día, habían sido absolutas. Ahora las veía agazapadas bajo el cielo, y, aunque aún conservaban el mundo oscuro y misterioso de su realidad interior, era un mundo dentro de otro mundo, un espectáculo menor, mientras que antes habían sido para él un mundo dentro de un caos: una realidad, un orden, un absoluto, dentro de una confusión desprovista de sentido.
Hasta ese día Will había sentido que podía cruzar las grandes puertas y contemplar cómo avanzaba la penumbra hacia el milagro lejano y definitivo del altar, y que, por fin, con las ventanas suspendidas alrededor como tablillas de piedras preciosas que irradiaban su propia gloria, había llegado a su destino. La satisfacción que tanto anhelaba se acercaba por fin al inmenso pórtico de lo Desconocido, toda la realidad se concentraba aquí, y el altar, al fondo, era el umbral místico que deben trasponer todas las cosas en su camino a la eternidad.
Ahora, decepcionado y triste sin saber por qué, Will comprendió que el umbral no era un umbral. Era demasiado estrecho, era falso. Fuera de la catedral volaba una multitud de espíritus que jamás pasaría por el tamiz de la suntuosa penumbra. Había perdido su absoluto.