El arco iris

El arco iris

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Oía cantar a los zorzales en el jardín y detectaba una nota que no tenían las catedrales: una chispa de libertad, de despreocupación y alegría. Camino del trabajo, cruzaba un campo cubierto de dientes de león, bañado de un fulgor amarillo tan suntuoso y fresco al mismo tiempo que se alegraba de estar lejos de su umbría catedral.

Había vida fuera de la iglesia. Eran muchas las cosas que la iglesia no abarcaba. Pensó en Dios, y en la rueda azul del día. Esto era algo grandioso y libre. Pensó en las ruinas de los templos griegos y le pareció que un templo nunca llegaba a ser perfecto hasta que estaba en ruinas y se mezclaba con los vientos, el cielo y la hierba.

Aun así, le seguía encantando la iglesia. Le encantaba, como un símbolo. La iglesia lo atraía por lo que intentaba representar más que por lo que en realidad representaba. Aun así, le encantaba. La iglesia de Cossethay, pegada al muro de su jardín, lo llamaba, le ofrecía una atención cariñosa. Y él iba a hacerse cargo de ella, iba a conservarla. Era un objeto antiguo y sagrado para él. Se ocupó de la piedra y la madera, reparó el órgano, restauró una talla rota, arregló el mobiliario. Más adelante sería también director del coro.


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