El arco iris
El arco iris Le encantaba encender las velas del órgano y, a solas, envuelto en el tenue resplandor, ensayar los himnos y los cánticos del servicio. Los arcos encalados se retiraban en la oscuridad, la reverberación del órgano se extinguía en la inalterable quietud de la iglesia, de la torre llegaban ligeros ruidos fantasmales, y la música se elevaba de nuevo, sonora, victoriosa.
Dejó de preocuparse por su vida. Su voluntad se relajó y se despojó de todo. Lo que había entre él y su mujer era algo grande, aunque no lo fuera todo. Ella había triunfado. Él tenía que esperar y acatar, esperar y acatar. Anna, la niña y él eran uno. El órgano proclamaba la protesta de Will. Su alma yacía en la oscuridad, mientras pulsaba las teclas del órgano.