El arco iris
El arco iris La niña fue para Anna una plenitud y una dicha absolutas. Sus deseos quedaron en suspenso, su alma rebosaba felicidad. Era una niña bastante delicada, y le costó sacarla adelante. En ningún momento se le ocurrió que pudiera morir. Era una niña delicada, por tanto la madre tenía el deber de fortalecerla. Y Anna se volcó en su tarea, la niña lo era todo. Ocupaba completamente la imaginación de Anna. Era madre. Le bastaba con tocar las tiernas extremidades de su hija, su cuerpecito, oír su voz tierna que gritaba en la quietud. Todo el futuro resonaba en el llanto y el arrullo de la recién nacida: cuidando de su hija, las manos de Anna sostenían los años por venir. La ardiente sensación de plenitud, de futuro germinado en su vientre, la hacía sentirse poderosa y viva. El futuro estaba en sus manos, en las manos de la mujer. Y, antes de que la niña cumpliera diez meses, la madre volvía a estar embarazada. Parecía inmersa en la tormenta fecunda de la existencia, cada instante de su vida era pleno y rebosaba actividad. Se sentía como la tierra, la madre de todas las cosas.
Will se ocupaba de la iglesia, tocaba el órgano, enseñaba a los niños del coro e impartía catequesis a los jóvenes. Estaba muy contento. Los domingos, enseñando a los muchachos, sentía una especie de hambre y anhelo de felicidad. Vivía continuamente ilusionado por la proximidad de un secreto que aún no alcanzaba a comprender.