El arco iris
El arco iris Con el tiempo, Will aprendió a someterse a Anna. Su mujer le imponía el espíritu de sus leyes, a la vez que le dejaba seguir las suyas al pie de la letra. Anna combatía los diablos que había dentro de Will. Sufría lo indecible con aquellos oscuros arrebatos de su marido, inexplicables e impredecibles, cuando la negrura se apoderaba de él y un viento negro parecía borrar de la existencia todo lo que se relacionara con él. Llegaba a sentir que Will la aniquilaba, a ella y todo lo demás.
Al principio se rebeló contra él. De noche, sumido en aquel estado, Will se arrodillaba para rezar. Anna lo veía, encogido.
–¿Qué haces ahí arrodillado, fingiendo que rezas? –le decía, con aspereza–. ¿Crees que alguien puede rezar con ese humor de perros que tienes ahora mismo?
Él seguía agazapado junto a la cama, sin moverse.
–¡Es horroroso! –insistía ella–.Y ¡es una farsa! ¿Qué finges decir? ¿A quién finges rezar?