El arco iris

El arco iris

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Esta vez, Anna se sentía más fuerte y estaba más tranquila. No le decepcionó que no fuera un niño. Se contentaba con tener leche y poder amamantar a su hija: ¡ah, ah, qué felicidad, esta pequeña vida que succionaba la leche de su cuerpo! ¡Ah, ah, ah, qué felicidad, a medida que la niña se iba fortaleciendo, sentir las manitas agarradas a su pecho, ciega y entusiasmadamente, la boca diminuta que buscaba a la madre con un conocimiento ciego, certero, vital, la paz perfecta cuando el cuerpecito se relajaba y la boca y la garganta succionaban sin tregua, bebiendo la vida de Anna para crear una vida nueva, casi sollozando de intensa alegría al recibir su propia existencia, y el ansia con que se aferraban las manitas cuando el pezón se retiraba, negándose al rechazo! A Anna le bastaba con esto. Pareció sumirse en una especie de éxtasis por su maternidad, el éxtasis de la maternidad lo era todo.

Así, el padre tenía a la niña mayor, a la niña destetada; los ojos dorados y vivos de Ursula, llenos de asombro, eran para él, que había esperado detrás de la madre a que la necesidad lo buscara. La madre sentía la puñalada honda de los celos, pero seguía absorta en la recién nacida. Era completamente suya, la necesidad de la pequeña dependía enteramente de ella.


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