El arco iris
El arco iris Cuando Ursula empezó a corretear por todas partes, era una niña ensimismada, inquieta, que siempre se distraía sola y no necesitaba demasiada atención de otras personas. Por la tarde, a eso de las seis, Anna cruzaba el jardín hasta los peldaños de la cerca, pasaba a Ursula al otro lado y le decía: «Ve a buscar a papá». Y Brangwen, que ya estaba subiendo la cuesta, veía a lo lejos, en lo alto del camino, una cosita diminuta, con la cabeza oscura, que trotaba empujada por el viento y, al ver a su padre, echaba a correr cuesta abajo como loca, haciendo aspavientos con los brazos como un molino en miniatura. A Will le daba un vuelco el corazón, y corría con todas sus fuerzas a recibir a su hija, para cogerla, sabiendo que la niña se caería. Ursula seguía corriendo, entusiasmada, volando con los brazos. Y él se alegraba cuando por fin lograba alcanzarla. Un día, la niña se cayó cuando iba volando hacia su padre, con las manos en alto, y él vio cómo de pronto se daba de bruces contra el suelo. Cuando la recogió, Ursula sangraba por la boca. No soportaba recordar esta escena, le entraban ganas de llorar, incluso cuando ya era un anciano y su hija se había vuelto una extraña para él. ¡Cuánto había querido a esa niña! Su corazón se había abrasado de amor cuando era un muchacho recién casado.