El arco iris

El arco iris

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Cuando Ursula tenía un par de años más, Will la veía trepar por los peldaños de la cerca, temeraria, con su mandil rojo, balancearse peligrosamente, caer, levantarse y correr hacia él. A veces le gustaba subirse a los hombros de su padre, otras veces prefería ir de su mano; a veces le echaba los brazos al cuello un momento y seguía correteando a sus anchas, en su mundo, mientras él la llamaba a voces. Will seguía siendo un muchacho alto, delgado e inestable, de solo veintidós años.

Fue él quien hizo la cuna de Ursula, su sillita, su taburete, su trona. Era él quien la subía a la mesa o le hacía una muñeca con la pata de un mueble viejo, y la niña lo miraba y decía:

–¡Hazle ojos, papi, hazle ojos!

Y Will hacía unos ojos con su cuchillo.

A Ursula le encantaba adornarse, y su padre le ataba un cordel de algodón en la oreja y colgaba del extremo una cuenta azul, como si fuera un pendiente. Le hizo varios pendientes, con una cuenta roja, una cuenta amarilla o una perlita. Y así, cuando volvía a casa y veía a la niña muy quieta, con una actitud muy estudiada, Will se daba cuenta y decía:

–Vaya, veo que hoy te has puesto tus mejores pendientes de oro y perlas.

–Sí.

–Supongo que habrás ido a ver a la reina.

–Sí, he ido.


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