El arco iris

El arco iris

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Se levantaban temprano. A las seis de la mañana, Will ya estaba cavando la tierra, y a las ocho y media se iba al trabajo. Y Ursula normalmente estaba en el huerto con él, pero no se acercaba.

Un año, por Pascua, ayudó a su padre a enterrar las patatas. Era la primera vez que lo ayudaba. Esta imagen se le quedó grabada como uno de sus primeros recuerdos. Salieron poco después de amanecer. Soplaba un viento frío. Brangwen llevaba los pantalones metidos en las botas, sin abrigo ni chaleco, las mangas de la camisa aleteando al viento, la cara colorada y concentrada, como adormilado. Cuando se ponía a trabajar, Will no oía ni veía. El hombre alto y delgado, que todavía conservaba su aspecto juvenil, con un bigote muy fino, los labios carnosos y el pelo sedoso, alborotado en la frente, trabajaba la tierra, a solas, con la primera luz grisácea del día. Su soledad atraía a la niña como un hechizo.

El viento fresco acariciaba los campos de color verde oscuro. Ursula se acercó corriendo y vio cómo su padre hundía la estaca de sembrar a un lado de la tierra que ya había preparado, cruzaba luego al otro lado de una zancada, y hundía la estaca de nuevo, con el cordel bien tenso entre los terrones. Con un ruido afilado y seco, la pala brillante se acercó entonces a la niña y se clavó en la tierra nueva y tierna.

Brangwen dejó la pala en vertical y se enderezó.


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