El arco iris

El arco iris

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Su padre era el amanecer en el que despertaba su conciencia. Para él, sin embargo, ella podía irse con las demás niñas, Gudrun, Theresa y Catherine, fundirse con las flores, los insectos y los juguetes, sin llegar a tener una existencia independiente, más allá del objeto concreto que la atención de la niña representaba para él. Pero Ursula sentía a su padre demasiado cerca. La fuerza de sus manos y el poder de su pecho la despertaban, casi con dolor, la sacaban de la inconsciencia transitoria de la niñez. Con los ojos muy abiertos, sin ver, despertó antes de aprender a ver. Despertó demasiado pronto. La llamada llegó demasiado pronto para ella, cuando aún era una niña de cuna y su padre la estrechaba contra su pecho, el corazón adormilado de Ursula se despertaba sacudido por la fuerza de ese otro corazón más poderoso, por la manera en que él la apretaba contra su cuerpo, buscando amor y plenitud, pidiendo como pide un imán. Y la respuesta combatía levemente dentro de Ursula, cobraba forma vagamente.

Vestían a las niñas con ropa de campo, resistente. Cuando era pequeña, Ursula correteaba con unos zuecos de madera, un babi azul encima del vestido de lana roja y un chal rojo cruzado en el pecho y anudado en la espalda. Así salía corriendo con su padre al huerto.


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