El arco iris
El arco iris –No las pongas tan juntas –dijo, inclinándose sobre las patatas de la niña, desenterrando algunas y recolocando las demás. Ursula estaba quieta, aterrada por una dolorosa indefensión infantil. Su padre era un ser invisible y seguro, y ella querÃa hacer lo que le habÃa pedido, pero no podÃa. Se quedó a su lado, mirando, con su babi azul aleteando al viento y los flecos rojos del chal de lana levantados por las rachas de aire. Brangwen siguió adelante por el surco, implacable, enterrando las patatas en los nÃtidos cortes de la pala. No se fijaba en Ursula, únicamente en su trabajo. TenÃa un mundo propio, ajeno al de su hija.
Y la niña seguÃa quieta, desvalida, varada en el mundo de Brangwen. Él seguÃa adelante. Ella sabÃa que no podÃa ayudarlo. Sintiéndose desamparada, por fin dio media vuelta y echó a correr por el huerto lo más deprisa que pudo, para alejarse de él, para olvidarse de él y de su actividad.
Brangwen echó de menos la presencia de la niña, su carita, con el chal de lana rojo, el aleteo de su babi azul. Ursula llegó corriendo a un reguero de agua que se abrÃa paso entre la hierba y las piedras. Le encantaba aquel reguero.
Cuando Bragwen se encontró con su hija, le dijo:
–No me has ayudado mucho.