El arco iris
El arco iris Ursula lo miró sin decir nada. Ya estaba bastante arrepentida y decepcionada de su comportamiento. Sus labios estaban mudos y tristes. Pero él no se dio cuenta, siguió su camino.
Y ella siguió jugando, precisamente porque estaba decepcionada, se entregó a su juego con todo su afán. Le daba miedo cumplir con su tarea, porque no era capaz de hacerlo tan bien como su padre. Era consciente de la brecha que los separaba. Sabía que no tenía ningún poder. La facultad de los adultos para el trabajo consciente era un misterio para ella.
Will aplastaba y destruía su mundo de sensibilidad infantil. Su madre era indulgente y despreocupada. Las niñas pasaban el día entero jugando a sus anchas. Ursula era una niña muy distraída: ¿por qué tenía que acordarse de las cosas? Si veía al otro lado del jardín que el seto se había cubierto de yemas, y quería aquellos brotes diminutos, de color rosa verdoso, para hacer pan y queso y jugar a las meriendas, allá que iba a cogerlos.
Luego, de pronto, puede que al día siguiente, casi se le escapaba el alma del cuerpo cuando su padre le preguntaba a gritos: