El arco iris
El arco iris –¿Quién ha estado correteando y pisoteando donde acabo de plantar las semillas? ¡Sé que has sido tú! ¡Siempre incordiando! ¿No puedes andar por otro sitio? ¿Tienes que pisotear mis semillas? Pero es que tú eres asÃ, eso es lo que pasa: solo piensas en hacer lo que te da la gana.
Horrorizaba a Will, en su mundo ordenado, ver las lÃneas en zig-zag que trazaban las pisadas profundas en la tierra que habÃa trabajado. Ursula se sentÃa hecha trizas, pisoteada en lo más tierno de su alma. ¿Por qué estaban ahà aquellas pisadas? Ella no querÃa hacerlas. Se quedaba perpleja de dolor, de vergüenza y de irrealidad.
Su alma, su conciencia, parecieron extinguirse. Se volvió introvertida e insensible, apática, con el alma indiferente y dura. La sensación de su propia irrealidad la endureció como una helada. Nada le interesaba.
Y su expresión, cerrada y altiva, de orgullosa indiferencia, prendÃa la cólera de su padre. QuerÃa despedazarla.
–Te voy a romper esa cara de terca –decÃa, apretando los dientes, levantando la mano.
Ella no se inmutaba. Su mirada indiferente, de absoluta indiferencia, como si no existiera nada aparte de sà misma, seguÃa imperturbable.