El arco iris

El arco iris

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La boca abierta de la chica, con los dientes pequeños, desiguales y blancos, lo llamaba. Era una boca abierta y dispuesta. ¡Tan vulnerable! ¿Por qué no podía entrar en aquella boca y disfrutar de sus secretos? El brazo esbelto, apoyado en el regazo tan inmóvil y quieto, era hermoso. La chica era menuda, casi podría abarcarla con las manos. Era menuda, casi como una niña, y guapa. Su aspecto infantil excitaba profundamente a Will. Estaría indefensa en sus manos.

–Éste ha sido el mejor número –dijo, acercándose a ella mientras aplaudía. Se sentía inquebrantable y fuerte, enfrentado al mundo entero. Tenía el alma vigilante y viva, radiante de diversión. Era totalmente independiente. Era él, lo absoluto, el resto del mundo no era más que un objeto obligado a servir a su ser.

La chica se sobresaltó, volvió la cabeza y sus ojos se iluminaron con el destello de una sonrisa casi dolorosa, a la vez que se sonrojaba profundamente.

–Sí, lo ha sido –dijo, sin ningún sentido, y ocultó con los labios los dientes saltones. Dicho esto puso la vista al frente, sin fijarse en nada, solo consciente de que le ardían las mejillas.

Esta reacción despertó una agradable sensación en Will. Sus venas y sus nervios estaban atentos a la muchacha, que era tan joven y palpitante.

–El programa no es tan bueno como el de la semana pasada –dijo.


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