El arco iris

El arco iris

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Sus hijas se convirtieron en mera prole para ellos, vivían los dos en la oscuridad de la muerte de sus juegos sensuales. Will tenía por momentos la sensación de que iba a enloquecer de belleza absoluta, de la belleza que percibía en su mujer a través de los sentidos. Era insoportable. Y en todo veía la misma belleza, casi siniestra, aterradora. Sin embargo, en las revelaciones del cuerpo de su mujer a través del contacto con el suyo residía la belleza definitiva, cuyo conocimiento casi conducía a la muerte, y por cuyo conocimiento, sin embargo, estaba dispuesto a someterse a interminables torturas. Lo habría dado todo, todo, para no renunciar a este derecho que abarcaba incluso la planta del pie de su mujer, el punto del que irradiaban los dedos, la pequeña llanura, milagrosamente blanca que recorría los altozanos de los dedos y las recónditas cavidades que los separaban. Prefería morir antes que renunciar a estos placeres.

En esto se había transformado su amor, en una sensualidad violenta y extrema como la muerte. No había entre ellos intimidad consciente ni ternura amorosa. Todo era lujuria y embriaguez de los sentidos, infinita, enloquecedora, una pasión destructora.




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