El arco iris
El arco iris Pasaba el día entero esperando la llegada de la noche, para entregarse al disfrute de alguna de aquellas bellezas absolutamente exquisitas. Pensar en las reservas ocultas de Anna, en las bellezas inexploradas y en el espacio de placer extático que era su cuerpo, a la espera, únicamente a la espera de que él las descubriera, le nublaba el juicio. Estaba obsesionado. Si no descubría y llegaba a conocer estos placeres, tal vez los perdiera para siempre. Lamentaba no tener la energía de un centenar de hombres para disfrutar de ella con cada uno. Lamentaba no ser un gato, para lamerla con una lengua áspera, rasposa y lasciva. Quería revolcarse en ella, enterrarse en su carne, envolverse con su carne.
Y ella, distante, con un brillo peligroso y singular en la mirada, lo aceptaba todo como si lo esperase, y cuando él se quedaba quieto, lo incitaba a continuar, hasta que a veces él estaba dispuesto a morir de pura incapacidad para satisfacerla, de incapacidad para saciarse de ella.