El arco iris
El arco iris Cuando el joven Tom Brangwen cumplió veintitrés años, hubo entre él y su jefe una ruptura de la que nunca se dio ninguna explicación, y el muchacho se marchó primero a Italia y después a América. Volvió a pasar una temporada en casa y se fue a Alemania, siempre apuesto, elegante, atractivo y con excelente salud, pero en cierto modo ajeno a todo. Había en sus ojos oscuros un sufrimiento profundo que llevaba con la misma naturalidad y la misma gracia que su indumentaria.
Para Ursula, su tío Tom era una figura romántica y seductora. Tenía la gentileza de hacerle regalos preciosos: una caja de dulces caros que jamás se habían visto en Cossethay; o un cepillo para el pelo y un espejo de nácar alargado y fino, pálido, reluciente y exquisito; o un collar de piedras sin tallar, amatistas, ópalos, brillantes y granates. Hablaba varios idiomas con soltura y fluidez, tenía una naturaleza insinuante y refinada. Sin embargo, de una manera imposible de definir, era un extraño. No pertenecía a ninguna parte, a ninguna sociedad.
Anna Brangwen había dejado de cultivar la intimidad con su padre desde que se casó. La abandonó en el momento de contraer matrimonio. Entre ellos se había interpuesto cierta reserva. Y Anna se acercó a partir de entonces más a su madre.
Luego, su padre murió inesperadamente.