El arco iris
El arco iris Su madre se había acostado. Por fin, cerró el libro, con la mente en blanco, subió las escaleras embriagado de abatimiento y rabia, y, embriagado de abatimiento y rabia, se sumió en un sueño profundo.
Tilly dejó las zapatillas delante de la chimenea de la cocina y fue a acostarse también, sin echar el cerrojo de la puerta. La granja quedó entonces envuelta por la oscuridad, por la lluvia.
A las once seguía lloviendo. Tom Brangwen se encontraba en el patio del Ángel, en Nottingham, abrochándose el abrigo.
–Bueno –dijo alegremente–. No será la primera vez que me mojo. Vamos allá, Jack, vamos, chico… Mira que eres un bicho raro, chico, con esa panza que hace honor a lo que bebes, si no a lo que comes. Vamos, muchacho, volvamos a casa. ¡Madre mía qué noche de agua! No quedarán volcanes después de tanta lluvia. Dime, Jack, mi querido, esbelto y joven compañero, ¿quién de los dos es Noé? Parece que han reventado los diques. A este paso los patos y las aves acuáticas serán los amos del castillo… Se parece a esa historia de la paloma y la rama de olivo. Levántate, montón de gelatina, levántate: no vamos a quedarnos aquí parados toda la noche, aunque ya te gustaría. ¡Caray, con tanta lluvia cualquiera podría pensar que está borracho! Dime, Jack, ¿tú crees que el agua de lluvia limpia el juicio o se lo lleva por delante?