El arco iris
El arco iris Y se rió de su ocurrencia.
Siempre se avergonzaba cuando tenía que conducir el calesín después de haber bebido, siempre se disculpaba con el caballo. Se disculpaba en tono burlón. Era consciente de que no podía andar derecho. De todos modos, su voluntad seguía firme y atenta, a pesar del embotamiento.
Subió al coche y salió disparado por las puertas del patio de la taberna. El caballo iba bien, y Brangwen muy tieso, con la lluvia azotándole la cara. Sujetaba las riendas con el cuerpo fornido e inmóvil, como adormilado, con un centro de atención intermitentemente encendido, el resto a oscuras. Concentró la parte activa de su atención en recorrer el camino familiar. Lo conocía perfectamente, lo vigilaba atentamente, con un esfuerzo de la voluntad.
Hablaba en voz alta consigo mismo, sentencioso por su preocupación, como si estuviera sobrio, mientras el caballo galopaba disparado y la lluvia lo fustigaba. Veía la lluvia delante de los faroles del calesín, el brillo tenue de la sombra del cuerpo del animal, los setos oscuros a un lado.