El arco iris
El arco iris Y guió al caballo para cruzar las puertas. Estaba muy borracho, sus movimientos eran ciegos, mecánicos. Todo estaba encharcado.
El paso elevado de la casa y los anexos de la granja soportaban el aguacero, pero había en la noche un curioso rugido que parecía llegar de las tinieblas de su embriaguez. Mareado, ciego, casi inconsciente, entró en casa con sus paquetes, la alfombra y los almohadones del coche, los tiró al suelo y fue a guardar al caballo.
Por fin estaba en casa, como un sonámbulo, esperando únicamente el momento de descansar. Con mucha atención y mucho cuidado, bajó con el caballo al cobertizo de los carros. El animal se acobardó y retrocedió.
–¿Qué pasa? –preguntó, entre hipo e hipo, sin dejar de andar lenta y trabajosamente. Y otra vez volvió a meterse en un charco, mientras el caballo chapoteaba al cruzarlo. La oscuridad era muy densa, solo se veían los faroles del calesín, iluminando una masa de agua ondulante–. Esto es increíble –dijo, cuando llegó al cobertizo, donde había más de un palmo de agua. Pero todo le hacía gracia. Se rió al pensar que en el cobertizo había más de un palmo de agua.