El arco iris
El arco iris Guardó al caballo, que estaba nervioso. Se rió mientras desenganchaba al animal con los pies rodeados de agua. Se rió porque el caballo estaba inquieto. Pero, bueno, ¿qué te pasa? ¡Unas gotas de agua no te van a hacer daño! En cuanto se vio libre de las correas, el caballo se alejó a toda prisa.
Brangwen colgó los ejes y cogió un farol. Cuando salía del acostumbrado desorden de ejes y ruedas del cobertizo, el agua lo golpeó en las piernas. Se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio.
–¡Qué demonios! –dijo, dirigiendo la mirada al torrente de agua que corría en la noche lluviosa y negra.
Salió al encuentro de la corriente, hundiéndose cada vez más. No cabía en sí de asombro. Tenía que ver de dónde venía tanta agua, a pesar de que empezaba a perder pie. Siguió adelante, hacia el estanque, con paso tembloroso. Lo estaba pasando en grande. Para entonces el agua le llegaba a las rodillas y lo empujaba intensamente. Tropezó y se mareó.