El arco iris
El arco iris –¡To-om! ¡To-om! –resonó en la noche el grito de la madre, largo, antinatural. Y a su hijo se le enfrió el alma.
El cuerpo inconsciente del padre ahogado pasó rodando por delante de la casa, arrastrado hacia la carretera por el agua negra.
Tilly apareció, con una falda encima del camisón. Vio a su señora subida a una silla y agarrada al respaldo, con la puerta abierta, y una vela encendida encima de la mesa.
–¡Dios mío! –exclamó la criada–. El dique ha reventado. El muro se ha venido abajo. ¡Qué vamos a hacer!
La señora Brangwen miraba a su hijo, que iba con el farol por el paso elevado, camino del establo. A continuación vio la silueta oscura de un caballo: después, su hijo colgó el farol dentro del establo, y la luz lo iluminó tenuemente mientras desataba a la yegua. La madre vio la cara suave y resplandeciente del animal que asomaba por la puerta del establo. La inundación no había alcanzado las cuadras. Pero el agua entraba con fuerza en la vivienda.
–El agua sigue subiendo –dijo Tilly–. ¿No ha entrado el señor?
La señora Brangwen no oía nada.
–¿No está ahí? –preguntó, con su voz aterradora y penetrante.