El arco iris

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–¡Tom! –llamó, desde el umbral de la puerta, en camisón, con una vela en la mano, dirigiendo su voz a la oscuridad y el diluvio–. ¡Tom! ¡Tom!

Y escuchó atentamente. Fred apareció detrás de su madre, en pantalones y camisa.

–¿Dónde está? –preguntó.

Miró la corriente de agua y luego a su madre. La señora Brangwen, con su camisón, parecía pequeña y extraña, como un duende.

–¡Vuelve arriba! –dijo Fred–. Debe de estar en el establo.

–¡To-om! ¡To-om! –gritó la mujer, con una llamada larga, antinatural y penetrante que heló a su hijo hasta el tuétano. Y, a toda prisa, Fred se puso las botas y el abrigo.

–Vuelve arriba, madre –repitió–. Iré a buscarlo.

–¡To-om! ¡To-om! –resonó el grito estridente, sobrenatural, de la mujer menuda. No se oía nada más que el estruendo del agua, el mugido del ganado inquieto y el largo aullido del perro, como un fragor en la oscuridad.

Fred Brangwen se lanzó a la corriente con un farol. Subida en una silla, en el umbral de la puerta, su madre lo vio alejarse. Todo era agua y más agua que corría a la luz del farol.


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