El arco iris

El arco iris

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La señora Brangwen se despertó y oyó los ruidos. Con una prodigiosa agudeza de los sentidos, detectó el remolino de la oscuridad. Se quedó un momento quieta. Luego se acercó a la ventana. Oyó el rugido de la lluvia y la profunda corriente del agua. Supo que su marido estaba fuera.

–Fred –llamó–. ¡Fred!

Lejos de allí, en la noche, se oía el bramido bronco, brutal, de una masa de agua que corría a toda velocidad.

Bajó las escaleras. No entendía que el agua pudiera multiplicarse de aquella manera. Al poner el pie en la cocina, se hundió en un charco de agua. La cocina estaba inundada. ¿De dónde venía tanta agua? No lo entendía.

El agua salía del lavadero. Se acercó, descalza, chapoteando, para ver qué pasaba. El agua entraba a borbotones por la puerta del patio. Se asustó. Algo la empujó de pronto, algo se le enredó en los pies. Era el látigo de montar. Sobre la mesa vio los paquetes, la alfombra y los almohadones del calesín.

Su marido había vuelto a casa.

–¡Tom! –llamó, asustada de su propia voz.

Abrió la puerta. El ruido del agua era atronador. Todo era agua en movimiento, agua rugiente.


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