El arco iris
El arco iris Avistó el abrigo beige de su marido entre las aguas, que empujaban el cuerpo contra el seto del jardín. Llamó a los hombres de la barca. Se alegraba de haberlo encontrado. Lo sacaron del seto. No podían subirlo a la barca. Fred Brangwen se metió en el agua y, con el agua en la cintura, cargó con el cuerpo de su padre hasta el camino. El ahogado tenía briznas de heno, ramitas y residuos en la barba y el pelo. El joven se abría paso entre las aguas llorando sin lágrimas, como un animal herido. La madre lloraba en la ventana, sin alborotar.
Llegó el médico. Pero el cuerpo estaba muerto. Lo llevaron a Cossethay, a casa de Anna.
Al recibir la noticia, Anna Brangwen echó la cabeza atrás y puso los ojos en blanco, como si algo la atacara y la mordiera en la garganta. Echó la cabeza atrás y su conciencia se refugió en el sueño. Desde que se casó y fue madre, se había olvidado de la niña que había sido. Ahora, la impresión amenazaba con derribarla y barrer de un plumazo todo aquel intervalo de su vida para convertirla en una joven de dieciocho años que quería a su padre. Así, se resistió y se alejó del impacto, aferrándose a su vida presente.