El arco iris
El arco iris Cuando trajeron a su casa el cuerpo muerto, con la ropa empapada, chorreando, completamente vestido, tal como había regresado del mercado, pero empapado e inerte, la impresión derribó a Anna por completo. Estaba aterrorizada. Aquel montón enorme, empapado e inerte, había sido para ella la imagen del poder y la fuerza de la vida.
Casi con horror, empezó a quitarle las prendas mojadas, a despojarlo de la absurda indumentaria del ganadero pudiente. Mandaron a los niños a la vicaría y tendieron el cadáver en el suelo de la sala, donde Anna empezó a desnudarlo rápidamente, dejando el reloj de bolsillo y las sortijas de su padre en un montón mojado, encima de la mesa. Su marido y la criada la ayudaron. Limpiaron y asearon el cuerpo, y lo acostaron en la cama.
Tenía un aspecto imponente y sosegado. Estaba completamente sereno en la muerte, y ahora, acostado entre las sábanas, parecía inviolable, inalcanzable. Para Anna representaba la majestuosidad del macho inaccesible, la majestuosidad de la muerte. Se quedó muy quieta mirándolo, sobrecogida, casi contenta.