El arco iris

El arco iris

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También Lydia Brangwen, la madre, contempló el cuerpo impresionante e inviolable del hombre muerto. Se puso pálida, al ver la muerte. Su marido estaba más allá del cambio o del conocimiento, absoluto, acostado en las sábanas con el infinito. ¿Qué relación tenía ella con él? Él era una abstracción sublime que se hacía visible por un momento, inviolada, absoluta. Y ¿quién podía reclamarlo, quién podía hablar de él, del ser que se revelaba en el desnudo momento del tránsito de la vida a la muerte? Ni los vivos ni los muertos podían reclamarlo: él era una cosa y la otra, inviolable, inaccesiblemente él solo.

–He compartido la vida contigo, también yo pertenezco a la eternidad –dijo Lydia Brangwen, con el corazón frío, consciente de su propia individualidad.

–No llegué a conocerte en vida. Ahora estás muy lejos de mí, supremo en la muerte –dijo Anna Brangwen, sobrecogida, casi contenta.

Fueron los hijos quienes no pudieron soportarlo. Fred Brangwen daba vueltas, con la cara blanca y rígida y los puños apretados, lleno de odio y de ira por lo que le había ocurrido a su padre, desangrándose también de ganas de recuperarlo, de verlo, de oírlo. No podía resistirlo.


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