El arco iris

El arco iris

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Ella, Lydia Brangwen, ahora se compadecía de él. Estaba muerto: apenas había vivido. Nunca llegó a conocerla. Había yacido con ella, pero nunca llegó a conocerla. Nunca llegó a aceptar lo que ella podía ofrecerle. Se alejó de ella con las manos vacías. Así, nunca había vivido. Así, había muerto y se había marchado. Sin embargo, había tenido fortaleza y poder.

Lydia casi no podía perdonarle que no hubiera vivido. De no haber sido por Anna, y por esta pequeña Ursula, que tenía sus mismas cejas, no quedaría de él más de lo que queda de una vasija rota arrojada a la basura y apenas recordada.

Tom Brangwen la había servido. Se había acercado a ella y había tomado lo que ella le ofrecía. Había muerto y había seguido su camino entre los difuntos. Pero se había vuelto inmortal a través del conocimiento compartido con ella. Así, Lydia ocupaba su lugar aquí, en la vida, y en la inmortalidad. Porque Tom se había llevado a la muerte su conocimiento de ella para que ella pudiera ocupar su lugar en la muerte. «Hay muchas mansiones en la casa de mi padre»[8].

Quería a sus dos maridos. Para uno había sido una joven novia desnuda, siempre dispuesta a servirlo. Al otro lo había amado con plenitud, porque era un hombre bueno y le había dado su propio ser, porque la había servido con honor y se había convertido en su hombre, uno con ella.


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