El arco iris

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«No tiene tiempo para llorarlos –se dijo Lydia, en lo más recóndito de su alma arrasada–. No tiene tiempo. ¡Es tan importante lo que hace! ¡Es tan engreído, está medio loco! ¡Para él solo cuenta su actividad revolucionaria! ¡No tiene tiempo de llorar ni de pensar en sus hijos! En realidad, ni siquiera tuvo tiempo de concebirlos.»

Lydia dejó que Lensky siguiera su camino, solo. Sin embargo, volvió a trabajar a su lado en medio del caos. Y del caos huyó con él a Londres.

Para entonces era un hombre roto, frío. No sentía ningún cariño ni por ella ni por nadie. Había fracasado en su misión, y por tanto todo había fracasado. Se volvió rígido, y murió.

Lydia no podía resignarse. Su marido había fracasado, todo había fracasado, pero detrás del fracaso latía la pasión invencible de la vida. El esfuerzo individual podía fracasar, no así el goce humano. Ella pertenecía al goce humano.

Lensky murió y siguió su camino, pero no antes de que naciera otra niña. Y esta pequeña Ursula era su nieta. Lydia se alegraba. Porque seguía respetándolo, a pesar de que se hubiera equivocado.


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