El arco iris
El arco iris »Tendría que haberme dado cuenta, tendría que haber sido capaz de decirle: “No te amargues, no vamos a morir porque esto haya salido mal. Tú no eres el principio y el fin”. Pero yo era demasiado joven, él nunca me dejó ser quien era en realidad, yo creía sinceramente que él era el principio y el fin. Lo dejaba todo en sus manos. Pero no todo dependía de él. La vida tenía que continuar y yo tenía que casarme con tu abuelo y tener a tu tío Tom y a tu tío Fred. Nadie puede cargar con tanto peso…
El corazón de la niña latía con fuerza al oír estas vivencias. Aunque no las entendía, le inspiraban sentimientos remotos. Experimentaba una emoción y una alegría profundas al saber que venía de muy lejos, de Polonia, y de aquel hombre imponente de la barba oscura. Sus antecedentes eran singulares, y tuvo la sensación de que el destino la flanqueaba, aterrador.
Casi a diario, Ursula iba a ver a su abuela, y siempre tenían largas conversaciones. Hasta que los dichos y las historias de la abuela, en el silencio absoluto del dormitorio de la granja, se cargaron de significado místico y se convirtieron en una especie de Biblia para la niña.
Y Ursula le hacía a su abuela sus preguntas infantiles más profundas.
–¿Me querrá alguien, abuela?
–Te quiere mucha gente, hija. Todos te queremos.