El arco iris
El arco iris Medía las cosas por el patrón de su familia: su padre y su madre, su abuela, sus tíos. Su querido padre, tan tremendamente simple en su conducta, pero con un alma tan poderosa y oscura, enterrada como una raíz en profundidades innombrables que fascinaban y aterrorizaban a Ursula; su madre, tan curiosamente ajena al dinero, las convenciones y el miedo, completamente indiferente al mundo, afianzada en sí misma, sin ninguna relación; su abuela, que venía de tan lejos y tenía las miras puestas en un horizonte tan amplio: la gente tenía que alcanzar la misma altura para que Ursula pudiera sentirla suya.
Por eso, aunque no tenía más que doce años, se alegró de romper las estrechas fronteras de Cossethay, donde solo vivía gente limitada. Fuera de allí todo era inmensidad y había una multitud de personas auténticas, orgullosas, a las que podría querer.
Para ir al colegio en tren, tenía que salir de casa a las ocho menos cuarto de la mañana, y no volvía hasta las cinco y media. Y se alegraba, porque la casa era pequeña y estaba abarrotada. Era una tormenta de movimiento del que no había escapatoria. Odiaba tener que hacerse cargo de tantas cosas.