El arco iris

El arco iris

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Así, desde la cumbre de la enseñanza, Ursula contemplaba el humo, la confusión y la apasionante actividad fabril de la ciudad. Se sentía feliz. En las alturas del colegio, se imaginaba que el aire era más puro, lejos del humo de la fábrica. Quería aprender latín y griego y francés y matemáticas. Tembló como una postulante cuando escribió por primera vez el alfabeto griego.

Se encontraba en la ladera de un monte nuevo, y aún no había alcanzado la cima. Siempre había en su corazón una avidez maravillosa por escalar y ver qué había al otro lado. Un verbo latino era para ella tierra virgen: detectaba en él un olor nuevo; significaba algo, aunque no lo entendiera. Pero lo asimilaba: era importante. Cuando aprendió que

x2 – y2 = (x + y) (x –y)

tuvo la sensación de haber captado algo importante, se sintió liberada a un ambiente embriagador, raro y sin condiciones. Y se puso muy contenta cuando escribió en francés: J’ai donné le pain à mon petit frère[10].

En todas estas cosas descubría su corazón un sonido de clarines, estimulante, que la llamaba a lugares perfectos. Nunca se olvidó de su primera gramática francesa, de Longman, con las tapas marrones, ni de su Via Latina, con los cantos de las páginas rojos, ni de su libro de álgebra gris. Siempre le parecieron mágicos.


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