El arco iris
El arco iris No era en absoluto inteligente. Creía que Ursula tenía inteligencia de sobra para dos. Si Ursula ya comprendía las cosas, ¿por qué tenía que esforzarse ella? La hermana menor vivía su existencia religiosa y responsable a través de su hermana, por proximidad. Por su parte, era indiferente y concentrada como un animal salvaje, e igual de irresponsable.
Cuando se sentaba al final de la clase, se reía, perezosa, y estaba contenta, decía que por fin se encontraba a salvo. Le traían sin cuidado la decepción de su padre o la punzada de vergüenza de su madre.
–¿Para qué me gasto el dinero en mandarte a Nottingham? –decía su padre, exasperado.
–Bueno, papá, no hace falta que te lo gastes –contestaba ella, tan tranquila–. Por mí puedo quedarme en casa.
Gudrun estaba a gusto en casa, Ursula no. Mientras que fuera se sentía pequeña e incómoda, en casa se encontraba a sus anchas, como un animal en su madriguera. Ursula, al contrario, fuera de casa estaba atenta y entusiasmada, en casa estaba de mala gana, intranquila, no quería ser ella misma, o no podía.