El arco iris

El arco iris

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Muy bien, eso había pasado en Roma. Pero ella no era romana. Ni Júpiter, ni Pan, ni ninguno de aquellos dioses, ni siquiera Baco o Apolo, podían acercarse a ella. Sin embargo, los hijos de Dios que tomaban por esposas a las hijas de los hombres, ésos sí podían tomarla por esposa.

Se aferró a esta secreta esperanza, a esta aspiración. Vivía una doble existencia, una vida en la que los hechos de lo cotidiano lo abarcaban todo, eran legión, y otra en la que los hechos de lo cotidiano eran sustituidos por la verdad eterna. Deseaba intensamente que los hijos de Dios se acercaran a las hijas de los hombres, y creía más en su deseo y en que éste se haría realidad que en los hechos obvios de la vida. Que un hombre fuera un hombre ni afirmaba que descendiera de Adán ni excluía que pudiera ser uno de los innumerables hijos de Dios olvidados por la historia. Aun así, estaba desconcertada, pero no lo negaba.

De nuevo oyó la Voz: «Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de Dios»[13].




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