El arco iris

El arco iris

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El día de Viernes Santo, todos se movían sin hacer ruido, había una leve palidez en los labios de los niños, que sentían la sombra en su corazón. Lívidos y con una fragancia de muerte, brotaron entonces los lirios de la resurrección, irradiando un resplandor frío hasta que se dispensó el consuelo.

Pero ¿por qué el recuerdo de las heridas y la muerte? Seguro que Dios resucitó con las manos y los pies curados, sano, fuerte y contento. Seguro que el tránsito de la cruz y la tumba cayó en el olvido. Pero no… siempre el recuerdo de las heridas, siempre el olor del sudario. Qué cosa tan nimia era la Resurrección comparada con la Cruz y la muerte, en este ciclo.

Así vivían los niños el año cristiano, la épica del alma de la humanidad. Año tras año repetían el desconocido drama interior, su corazón nacía y alcanzaba la plenitud, sufrían en la cruz, renunciaban al espíritu y resucitaban de nuevo a innumerables días, descansados, dueños al menos de este ritmo de la eternidad en el transcurso de una vida inconsecuente y desigual.

Sin embargo, el drama empezaba a convertirse en un acto mecánico: el nacimiento en Navidad y la muerte en Viernes Santo. El domingo de Pascua, el drama de la vida casi concluía. Al estar la Resurrección ensombrecida y dominada por la oscuridad de la muerte, la Ascensión apenas se apreciaba, era una mera confirmación de la muerte.


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